Tuesday, July 15, 2008

La sombra del vi en to

De los textos de Carlos Ruiz Zafón, La sombra del viento es considerada la primera novela para adultos. Y la que se promociona será su segunda novela para adultos.
Solo para tener una idea de la pluma del catalán, sentir su tono y su ritmo, van los primeros párrafos de La sombra del viento.

El Cementerio de los Libros Olvidados
Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.
–Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie –advirtió mi padre–. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.
–¿Ni siquiera a mamá? –inquirí yo, a media voz.
Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.
–Claro que sí –respondió cabizbajo–. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.
Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras. Mi padre y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos.
De niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido aquel día…
No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de los que todavía pueden contar sus años con los dedos de las manos, creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviese. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas.
Recuerdo que aquel alba de junio me desperté gritando. El corazón me batía en el pecho como si el alma quisiera abrirse camino y echar a correr escaleras abajo. Mi padre acudió azorado a mi habitación y me sostuvo en sus brazos, intentando calmarme.
–No puedo acordarme de su cara. No puedo acordarme de la cara de mamá –murmuré sin aliento.
Mi padre me abrazó con fuerza.
–No te preocupes, Daniel. Yo me acordaré por los dos.
Nos miramos en la penumbra, buscando palabras que no existían. Aquélla fue la primera vez en que me di cuenta de que mi padre envejecía y de que sus ojos, ojos de niebla y de pérdida, siempre miraban atrás. Se incorporó y descorrió las cortinas para dejar entrar la tibia luz del alba.
–Anda, Daniel, vístete. Quiero enseñarte algo –dijo.
–¿Ahora? ¿A las cinco de la mañana?
–Hay cosas que sólo pueden verse entre tinieblas –insinuó mi padre blandiendo una sonrisa enigmática que probablemente había tomado prestada de algún tomo de Alejandro Dumas.
Las calles aún languidecían entre neblinas y serenos cuando salimos al portal. Las farolas de las Ramblas dibujaban una avenida de vapor, parpadeando al tiempo que la ciudad se desperezaba y se desprendía de su disfraz de acuarela. Al llegar a la calle Arco del Teatro nos aventuramos camino del Raval bajo la arcada que prometía una bóveda de bruma azul. Seguí a mi padre a través de aquel camino angosto, más cicatriz que calle, hasta que el reluz de la Rambla se perdió a nuestras espaldas. La claridad del amanecer se filtraba desde balcones y cornisas en soplos de luz sesgada que no llegaban a rozar el suelo.
Finalmente, mi padre se detuvo frente a un portón de madera labrada ennegrecido por el tiempo y la humedad. Frente a nosotros se alzaba lo que me pareció el cadáver abandonado de un palacio, o un museo de ecos y sombras.
–Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.
Un hombrecillo con rasgos de ave rapaz y cabellera plateada nos abrió la puerta. Su mirada aguileña se posó en mí, impenetrable.
–Buenos días, Isaac. Éste es mi hijo Daniel –anunció mi padre–. Pronto cumplirá once años, y algún día él se hará cargo de la tienda. Ya tiene edad de conocer este lugar.
El tal Isaac nos invitó a pasar con un leve asentimiento. Una penumbra azulada lo cubría todo, insinuando apenas trazos de una escalinata de mármol y una galería de frescos poblados con figuras de ángeles y criaturas fabulosas. Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de túneles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto. Él me sonrió, guiñándome el ojo.
–Daniel, bien venido al Cementerio de los Libros Olvidados.
Salpicando los pasillos y plataformas de la biblioteca se perfilaban una docena de figuras. Algunas de ellas se volvieron a saludar desde lejos, y reconocí los rostros de diversos colegas de mi padre en el gremio de libreros de viejo. A mis ojos de diez años, aquellos individuos aparecían como una cofradía secreta de alquimistas conspirando a espaldas del mundo. Mi padre se arrodilló junto a mí y, sosteniéndome la mirada, me habló con esa voz leve de las promesas y las confidencias.
–Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros, Daniel. ¿Crees que vas a poder guardar este secreto?
Mi mirada se perdió en la inmensidad de aquel lugar, en su luz encantada. Asentí y mi padre sonrió.
–¿Y sabes lo mejor? –preguntó.
Negué en silencio.
–La costumbre es que la primera vez que alguien visita este lugar tiene que escoger un libro, el que prefiera, y adoptarlo, asegurándose de que nunca desaparezca, de que siempre permanezca vivo. Es una promesa muy importante. De por vida –explicó mi padre–. Hoy es tu turno.
Por espacio de casi media hora deambulé entre los entresijos de aquel laberinto que olía a papel viejo, a polvo y a magia. Dejé que mi mano rozase las avenidas de lomos expuestos, tentando mi elección. Atisbé, entre los títulos desdibujados por el tiempo, palabras en lenguas que reconocía y decenas de otras que era incapaz de catalogar.
Recorrí pasillos y galerías en espiral pobladas por cientos, miles de tomos que parecían saber más acerca de mí que yo de ellos. Al poco, me asaltó la idea de que tras la cubierta de cada uno de aquellos libros se abría un universo infinito por explorar y de que, más allá de aquellos muros, el mundo dejaba pasar la vida en tardes de fútbol y seriales de radio, satisfecho con ver hasta allí donde alcanza su ombligo y poco más. Quizá fue aquel pensamiento, quizá el azar o su pariente de gala, el destino, pero en aquel mismo instante supe que ya había elegido el libro que iba a adoptar. O quizá debiera decir el libro que me iba a adoptar a mí.
Se asomaba tímidamente en el extremo de una estantería, encuadernado en piel de color vino y susurrando su título en letras doradas que ardían a la luz que destilaba la cúpula desde lo alto. Me acerqué hasta él y acaricié las palabras con la yema de los dedos, leyendo en silencio.
La Sombra del Viento
Julián Carax
Jamás había oído mencionar aquel título o a su autor, pero no me importó. La decisión estaba tomada. Por ambas partes. Tomé el libro con sumo cuidado y lo hojeé, dejando aletear sus páginas. Liberado de su celda en el estante, el libro exhaló una nube de polvo dorado. Satisfecho con mi elección, rehíce mis pasos en el laberinto portando mi libro bajo el brazo con una sonrisa impresa en los labios. Tal vez la atmósfera hechicera de aquel lugar había podido conmigo, pero tuve la seguridad de que aquel libro había estado allí esperándome durante años, probablemente desde antes de que yo naciese.

 

El best-seller hispánico

Me causó alivio la noticia según la cual un escritor español vende más en España que J. K. Rowling, la autora británica de Harry Potter.
Me causó alivio porque me parece que está bueno que los hispanohablantes no tengamos aprecio por nuestros escritores y sus obras.
La noticia habla de que el catalán Carlos Ruiz Zafón tiene lista una novela de la que imprimirán, en primera edición, ¡un (1) millón de ejemplares!, solamente en España.
Carlos Ruiz Zafón tituló La sombra del viento su primera novela, cuyo manuscrito lo envió al Premio Fernando Lara en el año 2000.
El premio lo ganó Ángeles Caso, con la obra Un largo silencio.
Y mientras con ésta no pasó nada (¿un largo silencio?), Carlos Ruiz Zafón ha vendido 10 millones de ejemplares en 50 países.
La segunda novela del catalán todavía no tiene nombre. Pero ya todos auguran que será un éxito, de nuevo mayor a Harry Potter.
Algunos dicen que después de El Quijote viene La sombra del viento, como factor de súper ventas.
Un triunfalismo que deja flotando la idea de que después de Miguel de Cervantes Saavedra surge ahora Carlos Ruiz Zafón.

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Un es critor para los peques

Si para muchos Antonio Orlando Rodríguez es un escritor sumamente conocido, en particular porque la casi totalidad de su trabajo literario está dedicado a la literatura infantil, solo ahora por la noticia de que ganó el Premio Alfaguara de Novela supe de él.
En algunas reseñas se dice que vive en Estados Unidos, en otras que en Bogotá.
Una intermedia dice que sí estuvo en Bogotá, pero ya no, al parecer. El propio autor confirma que lleva 17 años fuera de Cuba, de Nueva York a Bogotá, de Miami a San José.
(Dijo Alfaguara que de las 511 novelas inéditas que llegaron al concurso, 57 lo hicieron desde Colombia, 120 desde España, 102 desde México, de Argentina 73, de Chile 36, de Estados Unidos 23 y de Ecuador 22.)
Antonio Orlando Rodríguez dice del trabajo literario para niños y jóvenes, los peques:
“Un buen cuento para niños es el que más cerca está de ellos; el que refleja, recrea y trasciende su universo; aquel que, sin vacilar, hacen suyo de inmediato. Fantasía, humor, dinamismo, aventura, poesía, son algunos de los elementos a los que puede echar mano el autor para propiciar un diálogo franco y rico con su destinatario. Lograr a plenitud esa síntesis de recursos, esa feliz conjunción de sonrisa y respeto, depende, en primera instancia, de nuestra calificación, pero también, en considerable medida, de la intuición de cada cual, de su capacidad para contemplar el mundo circundante con esa mirada única, propia de la niñez”.
He aquí un cuento infantil incluido en su libro “Un elefante en la cristalería”.

Fantasmas
Por lo general en cada casa, además de una familia de personas, vive otra de fantasmas. Como soy el único de mi casa que todavía se asusta de los fantasmas, fui también el único en ser invitado a la fiesta que darán esta noche a las 12, en la sala, y a la que asistirán todos los vecinos fantasmagóricos del barrio.
De tanto ver a mis fantasmas vagar por los rincones durante las madrugadas, he aprendido un montón de cosas sobre ellos. Las fantasmas pizpiretas usan sábanas plisadas y las más jóvenes prefieren llevar minisábanas. Si la sábana de un fantasma tiene remiendos y parches, puedes tener la certeza de que es muy viejo. A los fantasmas les encantan las películas de misterio, el olor de los jazmines, las velas y las tormentas con relámpagos y truenos. Cuando están contentos, brindan con copas de cristal fino llenas de burbujas y bailan al compás de una música que sólo ellos escuchan. Las teclas del piano se mueven como enloquecidas, pero ningún sonido se oye en la casa.
Si uno abraza a una chica fantasma, es como si estuviera abrazando a un puñado de aire. Y si alguna vez te levantas de noche a tomar agua y sientes un friecito húmedo en la mejilla, no te asustes: es que algún fantasma sentimental te ha dado un beso.

 

Chiquita gana Alfaguara

Chiquita, del cubano Antonio Orlando Rodríguez, “una novela a la vez elegante y llena de vida, con una notable gracia narrativa y una imaginación sin descanso”, ganó el Premio Alfaguara 2008.
Dice Alfaguara que “el Premio Alfaguara de Novela se ha convertido en un referente de los galardones literarios de calidad, otorgados a una obra inédita escrita en castellano”.
Dice Alfaguara que “hasta el momento han obtenido el Premio Alfaguara de Novela:
–1998 Caracol beach, de Eliseo Alberto
–1998 Margarita, está linda la mar, de Sergio Ramírez, quien este año actuó de presidente del jurado.
–1999 Son de mar, de Manuel Vicent, que se llevó al cine.
–2000 Últimas noticias del paraíso, de Clara Sánchez
–2001 La piel del cielo, de Elena Poniatowska
–2002 El vuelo de la reina, de Tomás Eloy Martínez
–2003 Diablo guardián, de Xavier Velasco
–2004 Delirio, de Laura Restrepo (de Colombia)
–2005 El turno del escriba, de Graciela Montes y Ema Wolf
–2006 Abril rojo, de Santiago Roncagliolo
–2007 Mira si yo te querré, de Luis Leante”.
El jurado del 2008 fue:
–Sergio Ramírez
Ángeles González-Sinde
Jorge Volpi
Guillermo Martínez
Ray Loriga y
–Juan González

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Rulfo me mar avilló para siempre

Si la relectura es una categoría que le confiere un nimbo a las obras literarias, las de Juan Rulfo, sin la menor duda, deberían ostentar el honor. No soy muy bueno, sin embargo, para las relecturas, porque cada libro que tomo lo manoseo lo suficiente para tener una huella adecuada con el paso del tiempo.
La relectura de Pedro Páramo y El llano en llamas debería tenerla por obligada, pero no es así.
Juan Rulfo ya me maravilló para siempre.
Juan Rulfo maravilló, muchos años antes que a mí, al maestro Gabriel García Márquez, quien siempre que lo entrevistaban contaba que Pedro Páramo, lo armó y desarmó durante mucho tiempo, “para saber como estaba atornillado”.

Waldemar Verdugo tiene ahora la osadía de revelarnos –porque el maestro Juan Rulfo siempre es una revelación– al Juan Rulfo que él percibió y conoció.
Cuenta Verdugo que cuenta el maestro Rulfo:
“Primero reuní unas trescientas páginas. Llegué a hacer cuatro versiones, y conforme pasaba a máquina un nuevo original, iba destruyendo hojas, iba eliminando divagaciones… me borré completamente. Primero la había escrito en secuencia, pero advertí que la vida no es una secuencia. Pueden pasar los años sin que nada ocurra, y de pronto se desencadenan los hechos muy espaciados, roto el esquema del tiempo y el espacio. Por eso los personajes están muertos, no están dentro del tiempo o el espacio. Lo que ignoro es de dónde salieron las intuiciones a las que debo su forma: fue como si alguien me dictara”.
Qué hermosa humildad, casi inocencia, de un tremendo escritor como el maestro Rulfo. Me refiero a la humildad en cuanto narrador, no solamente como ciudadano, cuando cuenta que “me borré completamente”. Cero narrador, cero opinador, cero sesgo.
Y aquello de que “fue como si alguien me dictara”…
Las artes conectan con el Universo, con el Infinito, con el que Es.

El siguiente corto texto del maestro Rulfo, me llevó a otro:
“–¿Y las leyes? –pregunta Fulgor Sedano.
–¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley de ahora en adelante la vamos a hacer nosotros”.
El otro texto es del maestro Gabriel García Márquez:
“El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.
–Me pasa la cuenta –dijo.
–¿A usted o al municipio?
El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.
–Es la misma vaina”.

Recuerda Waldemar Verdugo diálogos de entrevistadores con el maestro Juan Rulfo, de este tenor:
Maestro, ¿qué similitud existe entre su obra y la de los escritores actuales?
–¡Definitivamente ninguna!
Maestro, ¿dónde aprendió usted a escribir?
–Eso no se aprende.
¿Qué, pues, se necesita, maestro, para ser escritor?
–Sólo una cosa: cultivar la inteligencia, y eso yo no lo he hecho jamás. Soy muy tonto.
¿Cuál ha sido su aporte a la literatura?
–Ninguno…
Alguien le preguntó por qué no escribía más.
–¿Y qué quiere usted que escriba?”

Su obra es muy corta, ¿por qué no escribe más?
–¡Porque no me da la gana! –respondió el maestro Rulfo.
–Porque se me fueron las ganas.
–Porque se me secó el manantial.

Buk es genial

Solo agradecer a Jota la página de Henry Chinaski, Buk, obreríada de Sergi Puertas. Y lo menos, una cerveza, la de Eugenio Barragán. Otro día las women, el fútbol, el rock, el jazz, el tango, la salsa vieja y las ganas de un Nobel.

Cerveza
No sé cuántas botellas de cerveza
consumí mientras esperaba que las cosas
mejoraran.

No sé cuanto vino, whisky
y cerveza,
principalmente cerveza
consumí después
de haber roto con una mujer
esperando que el teléfono sonara
esperando el sonido de los pasos,
y el teléfono no suena
sino mucho más tarde
y los pasos no llegan
sino mucho más tarde.

Cuando el estómago se me sale
por la boca,
ellas llegan frescas como flores en primavera:
–“¿Qué carajo hiciste?
Llevará tres días antes de que puedas cogerme”

Una hembra dura más
vive siete años y medio más
que el macho, y toma muy poca cerveza
porque sabe que es mala para la
silueta.

Mientras nos volvemos locos
ellas están fuera
bailando y riendo
con muchachos divertidos.

Bueno, hay cerveza
bolsas y bolsas de botellas vacías de cerveza
y cuando levantás una
se desfonda
y las botellas caen
rodando
entrechocándose
derramando ceniza gris húmeda
y cerveza vieja
o las bolsas caen a las 4
de la mañana
produciendo el único sonido en tu vida.

Cerveza
ríos y mares de cerveza
cerveza, cerveza, cerveza.

La radio pasa canciones de amor
mientras el teléfono permanece en silencio
y las paredes se ciernen
y cerveza es todo lo que hay.

Comparto, apreciado Schlecter, tu apreciación: Bukowski nos lanza al mundo real, al realismo sucio sin artificios, mas no por ello menos insólito, menos poético. Siempre, eso sí, sincero consigo mismo, respetuoso con el lector, como bien anotas. En esa tónica, va esta clase de narración de un cuento, gracias a María del Carmen Tenorio Santana, de lo que venimos hablando.

Clase
No estoy muy seguro del lugar. Algún sitio al Noroeste de California. Hemingway acababa de terminar una novela, había llegado de Europa o de no sé donde, y ahora estaba en el ring pegándose con un tío. Había periodistas, críticos, escritores –bueno, toda esa tribu– y también algunas jóvenes damas sentadas entre las filas de butacas. Me senté en la última fila. La mayor parte de la gente no estaba mirando a Hem. Sólo hablaban entre sí y se reían.
El sol estaba alto. Era a primera hora de la tarde. Yo observaba a Ernie. Tenía atrapado a su hombre, y estaba jugando con él. Se le cruzaba, bailaba, le daba vueltas, lo mareaba. Entonces lo tumbó. La gente miró. Su oponente logró levantarse al contar ocho. Hem se le acercó, se paró delante de él, escupió su protector bucal, soltó una carcajada, y volteó a su oponente de un puñetazo. Era como un asesinato. Ernie se fue hacia su rincón, se sentó. Inclinó la cabeza hacia atrás y alguien vertió agua sobre su boca.
Yo me levanté de mi asiento y bajé caminando despacio por el pasillo central. Llegué al ring, extendí la mano y le di unos golpecitos a Hemingway en el hombro.
–¿Señor Hemingway?
–¿Sí, qué pasa?
–Me gustaría cruzar los guantes con usted.
–¿Tienes alguna experiencia en boxeo?
–No.
–Vete y vuelve cuando hayas aprendido algo.
–Mire, estoy aquí para romperle el culo.
Ernie se rió estrepitosamente. Le dijo al tío que estaba en el rincón.
–Ponle al chico unos calzones y unos guantes.
El tío saltó fuera del ring y yo le seguí hasta los vestuarios.
–¿Estás loco, chico? –me preguntó.
–No sé. Creo que no.
–Toma. Pruébate estos calzones.
–Bueno.
–Oh, oh… Son demasiado grandes.
–A la mierda. Están bien.
–Bueno, deja que te vende las manos.
–Nada de vendas.
–¿Nada de vendas?
–Nada de vendas.
–¿Y qué tal un protector para la boca?
–Nada de protectores.
–¿Y vas a pelear en zapatos?
–Voy a pelear en zapatos.
Encendí un puro y salimos afuera. Bajé tranquilamente hacia el ring fumando mi puro. Hemingway volvió a subir al ring y ellos le colocaron los guantes. No había nadie en mi rincón. Finalmente alguien vino y me puso unos guantes. Nos llamaron al centro del ring para darnos las instrucciones.
–Ahora, cuando caigas a la lona –me dijo el árbitro– yo…
–No me voy a caer –le dije al árbitro.
Siguieron otras instrucciones.
–Muy bien, volved a vuestros rincones; y cuando suene la campana, salid a pelear. Que gane el mejor. Y –se dirigió hacia mí– será mejor que te quites ese puro de la boca.
Cuando sonó la campana salí al centro del ring con el puro todavía en la boca. Me chupé toda una bocanada de humo, y se la eché en la cara a Hemingway. La gente rió.
Hem se vino hacia mí, me lanzó dos ganchos cortos, y falló ambos golpes. Mis pies eran rápidos. Bailaba en un continuo vaivén, me movía, entraba, salía, a pequeños saltos, tap tap tap tap tap, cinco veloces golpes de izquierda en la nariz de Papá.
Divisé a una hica en la fila frontal de butacas, una cosa muy bonita, me quedé mirándola y entonces Hem me lanzó un directo de derecha que me aplastó el cigarro en la boca. Sentí cómo me quemaba los labios y la mejilla, me sacudí la ceniza, escupí los restos del puro y le pegué un gancho en el estómago a Ernie. El respondió con un derechazo corto, y me pegó con la izquierda en la oreja. Esquivó mi derecha y con una fuerte volea me lanzó contra las cuerdas. Justo al tiempo de sonar la campana me tumbó son un
sólido derechazo a la barbilla. Me levanté y me fui hasta mi rincón.
Un tío vino con una toalla.
–El señor Hemingway quiere saber si todavía deseas seguir otro asalto.
–Dile al señor Hemingway que tuvo suerte. El humo se me metió en los ojos. Un asalto más es todo lo que necesito para finalizar el asunto.
El tío con la toalla volvió al otro extremo y pude ver a Hemingway riéndose.
Sonó la campana y salí derecho. Empecé a atacar, no muy fuerte, pero con buenas combinaciones. Ernie retrocedía, fallando sus golpes. Por primera vez pude ver la duda en sus ojos.
¿Quién es este chico?, estaría pensando. Mis golpes eran más rápidos, le pegué más duro. Atacaba con todo mi aliento. Cabeza y cuerpo. Una variedad mixta. Boxeaba como Sugar Ray y pegaba como Dempsey.
Llevé a Hemingway contra las cuerdas. No podía caerse. Cada vez que empezaba a caerse, yo lo enderezaba con un nuevo golpe. Era un asesinato. Muerte en la tarde. Me eché hacia atrás y el señor Hemingway cayó hacia adelante, sin sentido y ya frío.
Desaté mis guantes con los dientes, me los saqué, y salté fuera del ring. Caminé hacia mi vestuario; es decir, el vestuario del señor Hemingway, y me di una ducha. Bebí una botella de cerveza, encendí un puro y me senté en el borde de la mesa de masajes.
Entraron a Ernie y lo tendieron en otra mesa. Seguía sin sentido. Yo estaba allí, sentado, desnudo, observando cómo se preocupaban por Ernie. Había algunas mujeres en la habitación, pero no les presté la menor atención. Entonces se me acercó un tío.
–¿Quién eres? –me preguntó–. ¿Cómo te llamas?
–Henry Chinaski.
–Nunca he oído hablar de ti –dijo.
–Ya oirás.
Toda la gente se acercó. A Ernie lo abandonaron. Pobre Ernie. Todo el mundo se puso a mi alrededor. También las mujeres. Estaba rodeado de ladrillos por todas partes menos por una. Sí, una verdadera hoguera de clase me estaba mirando de arriba a abajo.
Parecía una dama de la alta sociedad, rica, educada, de todo –bonito cuerpo, bonita cara, bonitas ropas, todas esas cosas–. Y clase, verdaderos rayos de clase.
–¿Qué sueles hacer? –preguntó alguien.
–Follar y beber.
–No, no. Quiero decir en qué trabajas.
–Soy friegaplatos.
–¿Friegaplatos?
–Sí.
–¿Tienes alguna afición?
–Bueno, no sé si puede llamarse una afición. Escribo.
–¿Escribes?
–Sí.
–¿El qué?
–Relatos cortos. Son bastante buenos.
–¿Has publicado algo?
–No.
–¿Por qué?
–No lo he intentado.
–¿Dónde están tus historias?
–Allá arriba –señalé una vieja maleta de cartón.
–Escucha, soy un crítico del New York Times. ¿Te importa si me llevo tus relatos a casa y los leo? Te los devolveré.
–Por mi de acuerdo, culo sucio, sólo que no sé dónde voy a estar.
La estrella de clase y alta sociedad se acercó:
–El estará conmigo. –Luego me dijo–. Vamos, Henry, vístete. Es un viaje largo y tenemos cosas que… hablar.
Empecé a vestirme y entonces Ernie recobró el sentido.
–¿Qué coño pasó?
–Se encontró con un buen tipo, señor Hemingway –le dijo alguien.
Acabé de vestirme y me acerqué a su mesa.
–Eres un buen tipo, Papá. Pero nadie puede vencer a todo el mundo.
–Estreché su mano–. No te vueles los sesos.
Me fui con mi estrella de alta sociedad y subimos a un coche amarillo descapotado, de media manzana de largo. Condujo con el acelerador pisado a fondo, tomando las curvas derrapando y chirriando, con el rostro bello e impasible. Eso era clase. Si amaba de igual modo que conducía, iba a ser un infierno de noche.
El sitio estaba en lo alto de las colinas, apartado. Un mayordomo abrió la puerta.
–George –le dijo–. Tómate la noche libre. O, mejor pensado, tómate la semana libre.
Entramos y había un tío enorme sentado en una silla, con un vaso de alcohol en la mano.
–Tommy –dijo ella– desaparece.
Fuimos introduciéndonos por los distintos sectores de la casa.
–¿Quién era ese grandulón?
–Thomas Wolfe –dijo ella–. Un coñazo.
Hizo una parada en la cocina para coger una botella de bourbon y dos vasos.
Entonces dijo:
–Vamos.
La seguí hasta el dormitorio.
A la mañana siguiente nos despertó el teléfono. Era para mí. Ella me alcanzó el auricular y yo me incorporé en la cama.
–¿Señor Chinaski?
–¿Sí?
–Leí sus historias. Estaba tan excitado que no he podido dormir en toda la noche. ¡Es usted seguramente el mayor genio de la década!
–¿Sólo de la década?
–Bueno, tal vez del siglo.
–Eso está mejor.
–Los editores de Harper’s y Atlantic están ahora aquí conmigo. Puede que no se lo crea, pero cada uno ha aceptado cinco historias para su futura publicación.
–Me lo creo –dije.
El crítico colgó. Me tumbé. La estrella y yo hicimos otra vez el amor.

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El Pája ro azul de Bukowski

Era Charles Bukowski un alemán muy típico de Los Ángeles. Comenzó a escribir a los 35 años, de lo cual siempre se ufanó. La disyuntiva era: morir loco en la Oficina de Correos, o morir de hambre en la Literatura. Optó por lo segundo, y vivió bien. Cultivo un estilo y una pluma considerada como “realismo sucio”. Encuentro a Bukowski en un aire de Henry Miller.

Pájaro azul
hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que esté ahí dentro.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
hacerme un lío?
¿es que quieres joder
mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?

hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.

luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?

Todo
los muertos no necesitan
aspirinas o
penas,
supongo

pero parece que necesitan
la lluvia.
tampoco zapatos
pero sí un lugar
sobre el que caminar

tampoco cigarrillos,
nos dicen,
pero sí un lugar
en el que arder

se nos dice:
el espacio y un lugar
donde volar
podrían ser
lo mismo

los muertos no me
necesitan

ni tampoco los
vivos

pero es posible que los muertos se necesiten
los unos
a los otros

en realidad, los muertos podrían necesitar
todas las cosas que nosotros
necesitamos

y nosotros necesitamos tanto,
si supiéramos
de cuánto
se trata

probablemente
todo

y probablemente
moriremos
intentando conseguirlo

o moriremos

porque
no lo logramos

espero
que entiendas
cuando yo haya muerto

que yo logré
todo
lo
que pude.

Murió Alain Robbe-Grillet

Le habían sugerido, al comienzo de su camino literario, recluirse en una institución siquiátrica. Pero él, sonrió.
Se dice que fue el creador de la nueva novela, de la novela corta, del relato y el cuento largos. Del objetalismo, en contraposición con la novela sicológica y la narración omnisciente.
Nació un 18 del año 1922 y murió un 18 del año 2008.
Alain Robbe-Grillet se hizo notar en el mundo entero, menos en la Academia Francesa de la Lengua, donde jamás ocupó el asiento que le ofrecieron.
En 1962, por ejemplo, escribió: “El hombre seguía allí parado como a un metro, medio recostado sobre ella. Miraba su rostro, visto de arriba a abajo, con sus ojos oscuros rodeados de maquillaje, su boca abierta completamente como si gritara. La postura del hombre permitía que su cara se viera sólo como un tenue perfil, pero uno sentía en él una violenta exaltación, a pesar de su rígida actitud, su silencio, su inmovilidad”.

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Ma uricio Reyes Posa da

De Mauricio Reyes Posada se que ganó el primer premio del concurso de cuento Bogotá Capital del Libro organizado por Revista Número, que es doctor en Derecho de la Pontificia Universidad Javeriana, profesor de Historia de las Ideas Políticas, articulista entretenido y que Villegas Editores le publicó recientemente un libro de relatos titulado Casimiro mire Casimiro, del que tomé el siguiente texto.

Pienso luego existo
Una capa bien definida de gelatina comenzó desde anoche a cubrirme todo el cuerpo sin que hasta el momento sepa la causa de tan molesto suceso. Observo que es más gruesa y sólida sobre la cabeza y que deja al descubierto los ojos, las ventanas de las narices y unos pequeños hoyuelos frente a los oídos. En otras partes es más abundante pero menos consistente. Tiene una particularidad que debo confesar y es la de que cada vez que la remuevo con una espátula, surge al instante, en el mismo lugar, con más densidad y mayor vehemencia.
En vista de este grotesco imprevisto, fuera desde luego de mis cálculos inmediatos, pónganse ustedes en mi pellejo, he decidido quedarme en casa y no vestirme, pues considero en extremo desagradable el hecho de sentir la ropa bailando sobre mí y a la gelatina deslizándose furtivamente por entre la bota del pantalón, las mangas de la chaqueta o las rendijas que deja la camisa entre cada botón.
Ahora que la observo con más cuidado tiene un color verde amarilloso, desleído y está fuertemente adherida a mi piel, como si naciera de ella, aunque conserva intactas sus características propias. Cuando bamboleo los brazos da la impresión de que fuera a desprenderse pero se limita a seguir rítmicamente el movimiento descrito.
Con ánimo de investigador tomo un poco de materia que logro desprender de la mano y la coloco encima de la mesa de noche, cerca del cenicero, debajo de la lámpara. Nada tiene de extraño. Menos mal. Prudentemente y para evitar cualquier imprevisión que podría llegar a ser fatal, me llevo una porción ínfima al paladar y compruebo, con gran alborozo de mi parte, que tiene un sabor agradable aunque un poco dulzón.
No deja huellas especiales en las sábanas, según tengo oportunidad de constatar, al revisar la cama. Y si me recuesto siento una sensación de voluptuosidad muy plácida por cierto, pues la gelatina o lo que sea hace que mi cuerpo pierda su gravedad usual, aquella que siempre me ha mantenido en el gobierno autónomo de mis propios movimientos y aun en la conciencia de mis reflejos.
La situación me resulta completamente novedosa y hasta divertida, ¿para qué voy a decir otra cosa? Basta que realice un mínimo esfuerzo para deslizarme de un lado a otro, para irme muellemente por el suelo.
La capa que me recubre no es tan espesa como para impedirme las flexiones corrientes en los brazos y en las piernas. Puedo incorporarme con relativa agilidad. Basta un poco de precaución porque la gelatina que tengo bajo los pies hace que me separe algunos centímetros del piso poniéndome en la posibilidad de una caída estrepitosa. Sin embargo, venciendo este temor, tomo la resolución de incorporarme pero, en efecto, la gelatina cede hacia un lado con el peso de mi cuerpo, de modo que no tengo más remedio que rodar inexorablemente sobre el tapete, donde sin lastimarme resorto como un corcho.
En vista de estas circunstancias, que pienso podrían desconcertar a más de uno, reflexiono con toda calma y concluyo que la situación no es tan desesperante como la imaginé en un principio. Reconozco que se trata de una situación anormal y casi pudiera decir que absurda, si la materia que me cubre no fuera cosa de este mundo, si no fuese absolutamente natural. A pesar de todo me complace poder estrellarme contra las paredes y chocar contra el piso a sabiendas de que habré de rebotar arbitrariamente, sin peligro de ninguna naturaleza.
No bien han transcurrido algunas horas, según alcanzo a divisar en el reloj, a través de la gelatina, cuando me doy cuenta de que ésta ha comenzado a crecer ligeramente sobre la superficie de mi cuerpo. Lo sé, lo estoy presintiendo, no puedo dejar de percibir el ritmo lento pero seguro con el cual se incrementa la viscosidad sobre mi flaca anatomía. Agito entonces una mano vigorosamente y un pedazo de gelatina sale disparado contra la ventana. Ya no puedo afirmar que ella sea un patrimonio de mi exclusiva propiedad, que se trate de mí mismo.
En la cara conserva su forma y abundancia originales, si así puede decirse porque en realidad lo único original que es o que era, es mi cara sin gelatina de ninguna índole, a no ser que se consideren las picardías infantiles cuando nos tirábamos la gelatina o los helados por la cara.
Debo confesar que me molesta un poco bajo la quijada pues se ha ido solidificando gradualmente alrededor del cuello. Esto contribuye a que disminuya la movilidad de la cabeza, especialmente cuando deseo moverla de arriba hacia abajo o viceversa. De resto la gelatina continúa igual aunque un poco más crecida en otras partes y viene además adquiriendo una coloración que advierto progresivamente más intensa, como si estuviera viva.
En las manos la masa se ha apoderado de los espacios existentes entre cada dedo y ya no me es posible maniobrar con ellos ni tomar objetos, pues han quedado aprisionados, como si estuvieran metidos en una media o en un guante sin lugar para los dedos. La gelatina mantiene mi cuerpo en estado de tibieza aceptable si bien por momentos siento que me acalora en forma notable.
Advierto, no sin temor, que juzgo comprensible y natural que mis brazos han comenzado a perder consistencia. Los músculos y los huesos ya no están tan bien como antes. Ahora se salen de lo normal y puedo doblarlos hacia los lados sin mayor esfuerzo, como las marionetas que agitan sus extremidades de trapo caprichosamente sobre los pequeños escenarios de fantasía y que ahora entiendo en la intimidad de su descomplicada gimnasia, torciéndose hacia cualquier parte con asombrosa elasticidad.
La presión de la gelatina que crece y crece me obliga a recostarme contra la pared y allí alcanzo a percibir sus mutaciones casi vitales, sobre mi cuerpo incapaz de reacción y escuchar algunos ruiditos chocantes, como silbidos que nacen del aumento de la gelatina. Aún conservo alguna visibilidad y compruebo que respiro con delicadeza y aun con distinción.
Ahora voy comprendiendo el tamaño de mi impotencia, no sin algo de nostalgia. Mi memoria de cuando plácidamente rebotaba contra todo, con fruición inocente, ha sido sustituida por la comprobación tenaz de que la gelatina ha comenzado a expandirse por la habitación y a mi alrededor, aunque con suavidad que reconforta.
Intento llevar a cabo algún movimiento, no importa el órgano, puede ser con cualquier miembro de mi relajada morfología, pero me doy cuenta de que todos los huesos han entrado a formar parte de la masa. Mi cerebro es incapaz de enviar órdenes nerviosas ni parte alguna se encuentra ya en capacidad de recibirlas. Presumo que mis antiguos nervios estarán convertidos en pequeños conductos de amarilla y errante gelatina, la cual circula ahora consistente por mis venas y arterias.
Torpemente he podido seguir el curso de los vertiginosos acontecimientos y me felicito de tener aún memoria para relatarlos por si acaso resultan útiles para la investigación exhaustiva que alguien deberá acometer ante circunstancias de esta naturaleza.
La gelatina se ha distribuido por toda la alcoba y mi cráneo ha perdido su dureza tradicional, los ojos su vigor y movilidad. Cada segundo que pasa se van paralizando en sus órbitas, fijos en el techo, viendo el amarillo opaco del bombillo, las arandelas que bordean las esquinas de las paredes y la telaraña que hace mucho tiempo pende con indiferencia del cable de la vieja lamparilla.
Ahora puedo confirmar que he perdido del todo el control sobre mi cuerpo, aun cuando conservo intacta la facultad de pensar, que siempre se supo no radica en la materia, aunque desde luego desconozco el porqué. Pero también he de decirlo, cuando aún puedo, ¿qué puede uno pensar en las circunstancias que vengo describiendo, tan desacostumbradas en este mundo corpóreo y mortal?
Cuando intento cerrar por última vez los párpados ratifico la duda que me asaltó hace unos segundos pues los párpados ya no son tales ni cuales. El resto de mi estructura facial, que tampoco es decir que fuera nada del otro mundo, va desapareciendo disuelta en pequeños nudos de gelatina. Ahora ya no queda nada de mi cuerpo, absolutamente nada.
Mi pensamiento incólume, murmurando eso sí una que otra incoherencia, explicable por el intenso proceso de descorporización a que fue sometido, logra filtrase de modo furtivo por entre las capas sucesivas de materia que ya ocupan todo el recinto y escaparse triunfal a través del diminuto ojillo de la puerta, a donde aún no llega el impacto expansionista de la gelatina, que pudo con todo, como puede comprobarse, menos conmigo, que pienso luego existo.

 

¿Los odiadores de Colombia se sacarán el clavo?

He oído hablar de una marcha que tendrá lugar el 4 de marzo.
He oído decir que es contra la violencia.
He pensado que es una manipulación de los (secuestradores, asesinos, abigeos y narcotraficantes de las autodenominadas Fuerzas Armadas “Revolucionarias” de Colombia) de las Farc.
He pensado que se quieren sacar el clavo que se les puso con la manifestación mundial contra los crímenes, los secuestros, los robos de ganado y el tráfico de narcóticos que a diario realizan los de las Farc.
Creo que la mano (sucia y sangrienta) de las Farc está detrás de esa marcha del 4 de marzo.
Creo que cooperar con esa marcha es autoapuñalarse.
Porque si hay “alguien” que odie a Colombia es las Farc.
Si hay una “organización” que odie a Colombia es las Farc.
Porque detrás, parapetadas (como suelen hacerlo) de los incautos, de las Organizaciones No Gubernamentales despistadas y de las decenas de “comandos” suyos que sarpullen por ahí, están los de las Farc, la organización de persona que más odia a Colombia.

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Valentín y los pája ros

Parece que Valentín no era un Valentín sino varios Valentines que mañana (14 de febrero) tienen un mismo día de conmemoración que exalta la capacidad de amar.
Valentín representa el enamoramiento de los enamorados.
(Es el 14 de febrero su celebración.)
Día de los enamorados, en algunos países, Día del Amor y la Amistad, en otros. Unos más dicen que son celebraciones distintas en días diferentes. A otros, simplemente no les importa.
San Valentín (porque Valentín fue elevado a la categoría de santo) se relaciona con Cupido, el semidios amigo de Eros y Afrodita.
Merced al día de San Valentín Colombia duplica, o triplica, o cuadruplica o quintuplica sus ventas de flores a los Estados Unidos.
Merced al amor, mañana, 14 de febrero.
Valga este post como la extensión de mis brazos para rodear en un abrazo fraterno a todos los que comparten un día de amistad, y en un estrecho abrazo amoroso a mi pequeña Q.
Y valga, también, sobre todas las versiones, la que adjudica a Valentín la categoría de Santo Patrono de los Enamorados, en cuanto su fiesta coincide con la temporada anual en que “los pájaros empiezan a emparejarse”.

 

Los cuentos de Revista Número

Acabo de ver (y de congratularme con) el Acta del Jurado del concurso de cuento Bogotá Capital del Libro, organizado por Revista Número, en el que un relato mío quedó incluido en el libro que de publicará en marzo.
El jurado fue Lina María Pérez Gaviria, Juan Gustavo Cobo Borda y Guillermo González Uribe, y “en forma unánime escogió a los tres ganadores y a 13 finalistas”.
Y evaluó que “en ellos hay una voz propia y singular, una variedad de registros recursiva literariamente con conocimiento de la tradición contemporánea en el campo de la narrativa y capaz de ver en tantas ocasiones, en la brutal y anodina realidad bogotana, nuevos ángulos de diálogo, visión y fraternidad humana”.
Ganadores:
Primer premio: Mauricio Reyes Posada, con Tirar la piedra y esconder la mano
Segundo premio: Óscar Godoy Barbosa, con Susana y el sol
Tercer premio: Mauricio Montes Mejía, con Asombrado
Finalistas:
Margarita Posada Jaramillo, con Malvados rojos
Daniel Mauricio Cristancho Sierra, con La vigilia de Gilda
Ana Paula Castro Castro, con Un sombrero para la plaza
Yezid Cepeda Buitrago, con Con los pies en la tierra
Óscar Eduardo Ortega García, con Un solitario hombre
María Cecilia Ramírez Mateus, con Con-jugar el tiempo o Muerte de una mujer vulgar
José Aristóbulo Ramírez Barrero, con Regresiones locales
Alberto Duque López, con Manzanita envenenada
Carlos Córdoba Martínez, con Sara
Sandro Romero Rey, con Capítulo final
Guido Leonardo Tamayo Sánchez, con ¿Hay alguien en casa?
Miguel Ángel Arévalo Duque, con Aquel 9 de abril, y
Julio Suárez Anturi, con Efraín Sietecolores.

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Memoriar anti héroes

En una vieja anotación encuentro señales de la importancia de los antihéroes, ahora que hay tantos con vocación de héroes.
El apunte habla de Robert de Niro encarnando en 1976 a Travis Bikle en Taxi driver. Un perturbado Travis veterano de la guerra de Vietnam, que conducía de noche un taxi por las calles de Nueva York.
No puedo evitar que asome una sonrisa al memoriar El profesional de 1994, donde un Jean Reno es un perfecto asesino a sueldo (y perfecto suena mucho, pero es lo que mejor define a este sangrefría), analfabeto y súper inteligente, decidido a proteger a una pequeña niña, la cual, por cierto, se enamora de él.
De otros, solo anoté pistas, con lo que no se niega la marca mayor que han dejado en todos nosotros:
Michael Caine en El implacable de 1971.
Clint Eastwood en Harry el sucio de 1971.
Mel Gibson en Mad Max de 1979, y
Michael Douglas en Un día de furia, de 1993.
Antihéroes que nos permiten considerar la vida desde otra perspectiva, ver el mundo con ojos enfocados de cierta manera.
En la lista, obviamente, puede haber otras delicias:
Malcolm McDowell en La naranja mecánica de 1971.
Anthony Hopkins en El silencio de los inocentes de 1991, y
Sylvester Stallone en Rambo.
“Pueden ser poco ortodoxos, amorales o directamente diabólicos, pero son personajes que detestamos querer”.

Cuerpo y sensualidad

Ella nació el 9 de diciembre de 1948 en Managua, Nicaragua, “donde yo me enamoré…”. Su madre, Gloria Pereira, fundó el Teatro Experimental. Ella se graduó en Publicidad y Periodismo en Filadelfia, Estados Unidos, y el nacimiento de su hija Maryam, en 1969, marcó un hito.

Parto
Me acuerdo
cuando nació mi hija.
Yo era un solo dolor miedoso,
esperando ver salir de entre mis piernas
un sueño de nueve meses
con cara y sexo.
En La Prensa publicó en 1970 sus primeros poemas. Gioconda Bellies poéticamente cruda en el cuerpo y la sensualidad femenina. En Nicaragua, en su momento, fue todo un escándalo.

Y Dios me hizo mujer
Y Dios me hizo mujer,
de pelo largo,
ojos,
nariz y boca de mujer.
Con curvas
y pliegues
y suaves hondonadas
y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos.
Tejió delicadamente mis nervios
y balanceó con cuidado
el número de mis hormonas.
Compuso mi sangre
y me inyectó con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo;
nacieron así las ideas,
los sueños,
el instinto.
Todo lo que creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo.
Gioconda Belli fue militante del Frente Sandinista de Liberación Nacional, experiencia que recientemente presentó en el libro “El País bajo mi piel”. Ha publicado poemas y novelas: “Línea de Fuego”, “Truenos y Arco Iris”, “Amor Insurrecto”, “De la costilla de Eva”, “La Mujer Habitada”, “Sofía de los Presagios”, “Waslala”, “Apogeo” y el libro para niños “El Taller de las Mariposas”.

Cómo pesa el amor
Noche cerrada
ciega en el tiempo
verde como luna
apenas clara entre las luciérnagas.
Sigo la huella de mis pasos,
el doloroso retorno a la sonrisa,
me invento en la cumbre adivinada
entre árboles retorcidos.
Sé que algún día
se alzarán de nuevo
las yemas recién nacidas
de mi rojo corazón,
entonces, quizás,
oirás mi voz enceguecedora
como el canto de las sirenas;
te darás cuenta
de la soledad;
juntarás mi arcilla,
el lodo que te ofrecí,
entonces tal vez sabrás
cómo pesa el amor
endurecido.
Acaba de ganar el Premio Biblioteca Breve y ha sido profesora o dictado conferencias, entre otras, en las universidades de México, de Heidelberg, de Costa Rica, de Puerto Rico; en Princeton, Boston College, Columbia University, Pittsburgh University, Cornell University, College of the Holy Cross, University of Colorado, Stanford, Humboldt, Sorbonne, Turín y Escuela Holden.

Como tinaja
En los días buenos,
de lluvia,
los días en que nos quisimos
totalmente,
en que nos fuimos abriendo
el uno al otro
como cuevas secretas;
en esos días, amor
en mi cuerpo como tinaja
recogió toda el agua tierna
que derramaste sobre mí
y ahora
en estos días secos
en que tu ausencia duele
y agrieta la piel,
y el agua sale de mis ojos
llena de tu recuerdo
a refrescar la aridez de mi cuerpo
tan vacío y tan lleno de vos.
También ha sido jurado del Premio Casa de las Américas, Premio Poesía Innovadora- Casa de América de Madrid, y participado en el Festival Internacional de Poesía en Roma, Dialogo de las Ameritas en Nueva York, Conferencia Latinoamericana de Escritores en Perú, Simposium sobre la obra de Gioconda Belli en Hannover, Festival de Poesía en Malmo en Suecia, Programa Belle Letres Etrangeres en Francia y Festival del Libro de Los Angeles Times.

Uno no escoge
Uno no escoge el país donde nace;
pero ama el país donde ha nacido.
Uno no escoge el tiempo para venir al mundo;
pero debe dejar huella de su tiempo.
Nadie puede evadir su responsabilidad.
Nadie puede taparse los ojos, los oídos,
enmudecer y cortarse las manos.
Todos tenemos un deber de amor que cumplir,
una historia que nacer
una meta que alcanzar.
No escogimos el momento para venir al mundo:
Ahora podemos hacer el mundo
en que nacerá y crecerá
la semilla que trajimos con nosotros.

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Rita Levi-Monta lcini y la muerte programada

La siguiente entrevista me la envió Ana María Reinoso, pero tanto ella como yo ignoramos quién puede ser su autor, ya que venía en una especial cadena de correos-e que muestra más allá de nuestra chata y corriente existencia. Al leerla volví a tener fe en la vida, y en el género humano. Gracias, desde luego, a las mujeres. Rita Levi-Montalcini, la primera.
¿Cómo celebrará sus 100 años?
Ah, no sé si viviré, y además no me placen las celebraciones. Lo que me interesa y me da placer es lo que hago cada día.
¿Y qué hace?
Trabajo para becar a niñas africanas para que estudien y prosperen ellas y sus países. Y sigo investigando, sigo pensando…
¿No se jubila?
¡Jamás! ¡La jubilación está destruyendo cerebros! Mucha gente se jubila, y se abandona… Y eso mata su cerebro. Y enferma.
¿Y cómo anda su cerebro?
Igual que a mis 20 años. No noto diferencia en ilusiones ni en capacidad. Mañana vuelo a un congreso médico…
Pero algún límite genético habrá…
No. Mi cerebro pronto tendrá un siglo…, pero no conoce la senilidad. El cuerpo se me arruga, es inevitable, ¡pero no el cerebro!
¿Cómo lo hace?
Gozamos de gran plasticidad neuronal: aunque mueran neuronas, las restantes se reorganizan para mantener las mismas funciones, ¡pero para ello conviene estimularlas!
Ayúdeme a hacerlo.
Mantén tu cerebro ilusionado, activo, hazlo funcionar, y nunca se degenerará.
¿Y viviré más años?
Vivirá mejor los años que viva, que eso es lo interesante. La clave es mantener curiosidades, empeños, tener pasiones…
La suya fue la investigación científica…
Sí, y sigue siéndolo.
Descubrió cómo crecen y se renuevan las células del sistema nervioso…
Sí, en 1942: lo llamé nerve growth factor (NGF, factor de crecimiento nervioso), y durante casi medio siglo estuvo en entredicho. Hasta que se reconoció su validez, y en 1986 ¡me dieron por ello el premio Nobel!
¿Cómo fue que una chica italiana de los años veinte se convirtió en neurocientífica?
Desde niña tuve el empeño de estudiar. Mi padre quería casarme bien, que fuese buena esposa, buena madre… Y yo me negué. Me planté y le confesé que quería estudiar…
Qué disgusto para papá, ¿no?
Sí. Pero es que yo no tenía una infancia feliz: me sentía patito feo, tonta y poca cosa… Mis hermanos mayores eran muy brillantes, y yo me sentía tan inferior…
Veo que convirtió eso en un estímulo…
Me estimuló también el ejemplo del médico Albert Schweitzer, que estaba en África para paliar la lepra. Deseé ayudar a los que sufren.¡Ése era mi gran sueño…!
Y lo ha hecho, con su ciencia.
Y hoy, ayudando a niñas de África para que estudien. Luchemos contra la enfermedad, sí, ¡pero todo mejorará si acaba la opresión de la mujer en esos países islamistas…!
La religión… ¿frena el desarrollo cognitivo? (del conocimiento)
Si la religión margina a la mujer frente al hombre, la aparta del desarrollo cognitivo.
¿Existen diferencias entre el cerebro del hombre y de la mujer?
Sólo en las funciones cerebrales relacionadas con las emociones, vinculadas al sistema endocrino. Pero en cuanto a las funciones cognitivas, no hay diferencia alguna.
¿Por qué todavía hay pocas mujeres científicas?
¡No es así! Muchos hallazgos científicos atribuidos a hombres los hicieron en verdad sus hermanas, esposas e hijas.
¿De veras?
No se admitía la inteligencia femenina, y la dejaban en la sombra. Hoy, felizmente, hay más mujeres que hombres en la investigación científica: ¡las herederas de Hipatia!
La sabia alejandrina del siglo IV…
Ya no acabaremos asesinadas en la calle por monjes cristianos misóginos, como ella. Desde luego, el mundo ha mejorado algo…
Nadie ha intentado asesinarla a usted…
Durante el fascismo, Mussolini quiso imitar a Hitler en la persecución de judíos…, y tuve que ocultarme por un tiempo. Pero no dejé de investigar: monté mi laboratorio en mi dormitorio… ¡y descubrí la apoptosis, que es la muerte programada de las células!
¿Por qué hay tan alto porcentaje de judíos entre científicos e intelectuales?
La exclusión fomentó entre los judíos los trabajos intelectivos: pueden prohibírtelo todo, ¡pero no que pienses! Y es cierto que hay muchos judíos entre los premios Nobel…
¿Cómo se explica usted esa locura nazi?
Hitler y Mussolini supieron hablar a las masas, en las que siempre predomina el cerebro emocional sobre el neocortical, el intelectual. ¡Manejaron emociones, no razones!
¿Sucede eso ahora?
¿Por qué cree que en muchas escuelas de Estados Unidos se enseña el creacionismo en vez del evolucionismo?
¿La ideología es emoción, es sinrazón?
La razón es hija de la imperfección. En los invertebrados todo está programado: son perfectos. ¡Nosotros, no! Y, al ser imperfectos, hemos recurrido a la razón, a los valores éticos: ¡discernir entre el bien y el mal es el más alto grado de la evolución darwiniana!
¿Nunca se ha casado, no ha tenido hijos?
No. Entré en la jungla del sistema nervioso ¡y quedé tan fascinada por su belleza que decidí dedicarle todo mi tiempo, mi vida!
¿Lograremos un día curar el alzheimer, el parkinson, la demencia senil…?
Curar… Lo que lograremos será frenar, retrasar, minimizar todas esas enfermedades.
¿Cuál es hoy su gran sueño?
Que un día logremos utilizar al máximo la capacidad cognitiva de nuestros cerebros.
¿Cuándo dejó de sentirse patito feo?
¡Aún sigo consciente de mis limitaciones!
¿Qué ha sido lo mejor de su vida?
Ayudar a los demás.
¿Qué haría hoy si tuviese 20 años?
¡Pero si estoy haciéndolo!

 

Gioconda Belli es Biblioteca Breve

El jurado de Seix Barral acaba de informar que la nicaragüense Gioconda Belli ganó el Premio Biblioteca Breve con la obra titulada “El infinito en la palma de la mano”.
Es una historia en la cual la poesía y el misterio se mezclan para fabular sobre cómo fue la vida de Adán y Eva en el paraíso.
El premio de la editorial catalana está dotado con 30.000 euros.
Este año se celebran 50 años de la primera edición del premio literario. La primera convocatoria en 1958 la ganó Luis Goytisolo, con Las afueras. Entre otros lo ganaron José Manuel Caballero Bonald, con Dos días de septiembre, Mario Vargas Llosa con La ciudad y los perros y Juan Benet, con Una meditación.
+Desde 1972, hasta 1999, el premio dejó de convocarse.
En el 99 lo ganó Jorge Volpi (México), con En busca de Klingsor
En el 2000 Gonzalo Garcés (Argentina), con Los impacientes
En el 2001 Juana Salabert (España), con Velódromo de invierno
En el 2002 lo ganó Mario Mendoza (Colombia), con Satanás
En el 2003 Juan Bonilla (España) con Los príncipes nubios
En el 2004 Mauricio Electorat (Chile) con La burla del tiempo. Este año se otorgó, además, una Mención Especial para Joaquín Pérez Azaústre (España) por América
En el 2005 ganó Elvira Lindo (España) con el libro Una palabra tuya
En el 2006 Luisa Castro (España) con La segunda mujer, y
El año pasado Juan Manuel de Prada (España) con El séptimo velo.
Añadir ahora: en 2008 Gioconda Belli (Nicaragua), con El infinito en la palma de la mano.

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Monday, July 14, 2008

Del maestro One tti, El cerdito

En 1980 Juan Carlos Onetti resultó postulado al Premio Nobel de Literatura. En 1950 nació a la faz del mundo literario Santa María, un Macondo precursor, urbano, vibrante, inquietante, humanamente profundo. Le preguntaron por la función del intelectual y la tarea que debe cumplir en la sociedad, y Onetti respondió: “No desempeña ninguna tarea de importancia social. Le corresponde tener talento”. También le preguntaron cuál compromiso debe tener el escritor, y dijo: “El único compromiso que acepto es la persistencia en tratar de escribir bien y mejor y encontrar con sinceridad cómo es la vida que me tocó conocer y cómo es la gente condenada a convertirse en personajes de mis libros”. El cerdito es un pequeño botón de su maestría narrativa.

El cerdito

La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín parduzco. Miró el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los temporales de invierno.
Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de sus aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras; ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no trascurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán de nieto.
Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panques que envolvían dulce de membrillo.
Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada, la anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, por que había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepados los escalones.
Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; para aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando el nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimientos de las manos.
Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de su cocina.
Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio:
–Dale otro golpe. Por si las dudas.
Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno a su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra y desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.

 

¡No más Farc!

Hoy es un buen día para decirles a los abigeos, asesinos, secuestradores y narcotraficantes de las seudoizquiedistas autodenominadas “Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia”, Farc, no más, dejen de odiar a Colombia.

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La desnuda es posa del Presidente

Francia era el país a donde viajaban los aristócratas colombianos del siglo XIX y primera mitad del XX. La Ilustración, la Revolución Francesa y el pensamiento y el arte de Montmartre y Moulin Rouge, el existencialismo, el Mayo Rojo y Coco Chanel han conformado referentes para Colombia. El buen gusto y las vanguardias nos vienen de allá. Oleadas de jóvenes de ambos sexos de los tiempos modernos han sido atraídos por el imán de París. La modulación del idioma y La Marsellesa también nos cautivan. Por supuesto, las mujeres. Semejantes en tanto mujeres a las del resto del mundo, pero aquellas son francesas. Y esto basta para hacer la diferencia. Francia es la crema de la crema. El primer mundo, y más que esto. La belleza paralizante de sus obras de arte, sus escultura y su arquitectura hipnotizaron a los nazis. También sus vinos son prodigiosos. Francia hace parte del exclusivo club del Grupo de los Ocho. Su encanto es superior al de la tecnología miniaturizada de los japones, o en serie de los chinos, o la más rentable de los estaounidenses. Los euros que circulan por Francia son sensuales, valen más. Francia tiene un aura de fascinación. Está más allá del bien y del mal. Culturalmente todo lo acepta, lo asume, lo ennoblece. Lo que no fluya con esta vanguardia espiritual es el conservadurismo de uno. Del que padezco en el caso de la esposa del Presidente. Uno no espera ver desnuda a la esposa del Presidente. La esposa de un presidente… conservador. Uno no entiende (bueno, yo) cómo puede no importarle al hombre (que de contera es el Presidente) que todo el país, y más que el país todo el planeta, toda la blogosfera (porque fue de la Web que la tome)… yo no entiendo cómo soporta el Presidente que a discresión le conozcan a su esposa desnuda. Bueno, soy conservador, nomás.

El reflejo de Samuel Hesse

Con el relato El reflejo de Samuel Hesse, Leticia Martínganó el concurso Cuentos del agua de Expo Zaragoza 2008.
El jurado dijo: “La calidad y plasticidad de su prosa, así como la riqueza y capacidad de sugerencia de sus imágenes, puestas al servicio de una trama emotiva y bien construida”. (Aún no se conoce el texto.)
Con este relato de Leiticia Martín, y 9 más, se lanzará un libro en Zaragoza el próximo 4 de abril.
Los 9 relatos adicionales son:
–Lo mío con la siesta, de Rafael Ventura
–Tirando a fondo, de Mariano Cognini
–El mar equivocado, de Jorge Cuadrado
–La pus del diablo, de Horacio Comertini
–Aral, de Jordi Bonet
–Como átomos de agua, de Gregorio Sosa
–Fenómenos transitorios, de Mireia Soriano
–El agua oscura, de Fausto Guerra y
–De este lado del buzón, de Alfredo Mozas García.
Leticia Martín gana 6.000 euros y los nueve accésit 500 cada uno.
Quien desee más información, puede solicitarla aquí: publicaciones@expo2008.es

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